Obispos del NEA dan gracias por el Papa Francisco

Los Obispos del NEA celebraron ayer la eucaristía para dar gracias por los 10 años del Pontificado del Papa Francisco. Monseñor Andrés pronunció la homilía que compartimos:

Homilía con ocasión del 10º Aniversario del Papa Francisco-Obispos NEA

Posadas, 21 de marzo de 2023

Durante estos días estamos reunidos los arzobispos y obispos de la Región NEA para llevar a cabo nuestra reunión ordinaria. En este contexto, y como gesto regional de gratitud a Dios por el décimo aniversario del Papa Francisco como Vicario de Cristo, nos alegramos con todos ustedes porque hace diez años asumía el servicio del pontificado, como Obispo de Roma, el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Mario Bergoglio. Desde aquí le decimos que lo queremos, lo apreciamos y seríamos muy felices que nos visitara y Dios quiera que eso pudiera suceder pronto.

Juntos, en torno a la Mesa del Altar, queremos dar gracias a Dios ante todo por el testimonio de buen Pastor que recibimos de este gran hermano nuestro, un pastor abierto a todos, y manifestar nuestra filial adhesión a su brillante magisterio. Además, nos sentimos muy honrados de tener a un argentino entre los máximos referentes mundiales en lo que atañe a valores humanos básicos y universales como son: la paz, la fraternidad con todos, y el cuidado del lugar que habitamos; tres pilares fundamentales para que la convivencia humana en este pequeño planeta tenga futuro.

En el Evangelio (cf. Jn 5,1-3.5-18), que acabamos de proclamar, se revela esa universalidad del amor en la actitud que asume Jesús frente a aquel grupo cerrado que había decidido matarlo, porque se acercaba a los enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos y los curaba, violando la ley del sábado que prohibía ese tipo de prácticas. Jesús impacta con la respuesta que les da a sus inquisidores, cuando estos le preguntaron por qué hacía esas cosas en sábado: “Mi Padre trabaja siempre, y Yo también trabajo”. Impresiona la libertad de Jesús: frente a la ley del amor no hay ninguna otra ley que la limite. Solo el amor verdadero salva y da pleno sentido a la vida. Ese es el amor que devuelve la paz, crea fraternidad y cuida todo lo que existe.

Ya en el Antiguo Testamento (cf. Ez 40,1-3;47.1-9.12), como lo hemos escuchado en la primera lectura, Dios se revelaba a su pueblo por medio del profeta Ezequiel, como la fuente de agua viva que sale del Santuario y hace estallar la vida a su alrededor. Esto lo escuchaba un pueblo desterrado y con pocas probabilidades de liberarse del yugo opresor. Sin embargo, en medio de su desgracia, el profeta anima a su pueblo a la esperanza con la imagen del agua que sale del Santuario y riega el borde del torrente donde “crecerán árboles frutales de todas las especies…, y sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio”, fuente de vida, de paz y de hermandad entre todos los seres vivientes.

Esa centralidad de Dios, representada en la fuerte figura de la fuente de agua viva, y su importancia fundamental para que haya vida verdadera y convivencia amigable entre los pueblos, la hemos visto en los gestos y las palabras del papa Francisco. Vayamos primero a los gestos. Apenas elegido Papa, aparece ante la asamblea reunida en la Plaza San Pedro, y se inclina para pedirle al pueblo allí reunido que implore la bendición de Dios sobre él, un pueblo que reaccionaba conmovido por la cercanía del “buenas tardes” con el que el Papa los había saludado. A los pocos meses, clamando al mundo por la “globalización de la indiferencia”, visita Lampedusa, esa pequeña isla en el Mar Mediterráneo que ha sepultado en sus aguas para siempre los sueños de tantos refugiados. Al año de su pontificado reúne a los líderes religiosos y políticos de Sudán del sur, enfrentados a muerte, y en un gesto de humildad que conmovió a los asistentes, se arrodilló y besó los pies de los líderes enfrentados. La madrugada de un jueves, con un ataque de gran escala, Rusia invade Ucrania, y el lunes siguiente el papa Francisco va a la embajada rusa en el Vaticano para intentar mediar en el conflicto entre ese país y Ucrania. Y así podríamos nombrar muchos gestos más, gestos de humildad, de cercanía y de una extremada lucidez evangélica.

La calidad de esos gestos se traduce simultáneamente en sus palabras. Comparto algunas, que se destacan por su profunda espiritualidad y, al mismo tiempo, por su impacto en la realidad de la vida cotidiana. Las primeras frases de su primera carta apostólica, Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, proclaman que “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Y hacia el final de esa carta exclama: “No hay nada mejor para transmitir a los demás” (264).

Al tercer año de su pontificado, el papa Francisco escribe la carta encíclica sobre el cuidado de la creación, Laudato si, y la dirige no solo a los católicos, sino a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y a todos aquellos que puedan contribuir a detener la degradación de "la casa común que Dios nos ha confiado". Las tres relaciones vitales: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra, se han roto no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado”. Por eso, necesitamos volver a escuchar el mandado liberador del Génesis, que nos llama a “cultivar y custodiar” el jardín del mundo, “porque las demás creaturas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios”.

El Santo Padre concluye esta hermosa encíclica con dos oraciones muy bellas de esta manera: “Después de esta prolongada reflexión, gozosa y dramática a la vez, propongo dos oraciones, una que podamos compartir todos los que creemos en un Dios creador omnipotente, y otra para que los cristianos sepamos asumir los compromisos con la creación que nos plantea el Evangelio de Jesús”, y continúa luego con el texto de las dos oraciones, en las que se refleja su apertura, cercanía y aprecio por todos los creyentes en Dios, buscando integrar la riqueza de cada cual, sin diluir la identidad de la propia confesión cristiana.

En la última encíclica del papa Francisco, Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social, explica que entrega esa “encíclica social como un humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras. Si bien la escribí desde mis convicciones cristianas, que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad” (6), reflejando así su corazón universal y dando testimonio de la libertad y el amor misericordioso que contempló en Jesús y aprendió en la Iglesia.

Mucho más se podría decir de otros escritos suyos, pero para concluir, dejemos que su ejemplo nos estimule en este tiempo de Cuaresma, “porque todos estamos llamados a ser santos -nos recuerda el Santo Padre, viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra (…) No te desalientes -nos exhorta- porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que eso sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Gaudete et exultate 14-15).

Pongamos al papa Francisco en las tiernas manos de María de Itatí y recemos por él, como nos lo pide insistentemente. Que el Espíritu Santo lo ilumine, lo sostenga, y lo consuele en su trascendental servicio a la Iglesia. Que así sea.